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caballos o 96 hombres, mujeres y niños.
El peligro de una ciudad en medio de la guerra se respiraba en el
ambiente, pero el gobierno local simpatizaba con el régimen Nazi y colaboraba
con ellos. Todos pensaban que las narraciones de un oficial Nazi que los trató
antes de su arresto, eran meras exageraciones, producto de una mente
alcoholizada con el fin de crear miedo en la población. Algo se escucha de los
campos de concentración. Imposible creer que tal crueldad sea posible. Se sabe
que parte de la ideología del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores
Alemanes se fundamenta en la creencia de una raza superior. Los alemanes son Arios,
descendientes de una raza caucásica, cuyo privilegio residía en no haberse
mezclado jamás con cualquier otra. Ésta raza es superior a todas las demás.
Ésta raza es la destinada a dominar al mundo. Lo anterior, fue ciegamente
creído por millares de soldados y civiles y había desembocado en la segunda
guerra mundial.
Un despido masivo de judíos sucede, la confiscación de sus bienes se
realiza y en cuestión de segundos quedan reducidos a la pobreza. El gobierno
Húngaro pronazi, facilitaba la acción de la policía secreta, conocida como la
Gestapo, y las fuerzas de los SS. Los saqueos a los negocios por los mismos
soldados, eran normales así como los fusilamientos en masa de los bosques. Los
cuerpos eran arrojados al río. Durante una larga temporada, las señoras que
compraban pescado en el mercado, se asombraban de descubrir restos humanos en
el estomago del pescado cuando lo limpiaban.
Dentro de las entrañas del Partido Nazi, ya se había decidido que hacer
con los negros, gitanos, árabes, latinos y toda aquella raza que no sea Aria:
la exterminación. Los judíos, más de once millones que vivían en la Alemania
Nazi, serían el primer blanco. Se nombra a Adolf Eichmann, oficial SS, como
encargado de realizar “La solución final”.
El doctor Lengyel fue traicionado por un medico a su servicio, quién
había visto su nombre en la lista de sospechosos del régimen. Denunció al
doctor y extorsiona a su esposa para que firme unos documentos dónde se
especifica que les vendió el hospital y su casa. Olga Lengyel ante el miedo de
perder a su marido los firma. La huida es la única solución pues la guerra ha
llegado al pueblo, y las deportaciones comienzan a vaciar la comunidad. Miclos
será deportado a Alemania, Olga trata en vano de salvarlo, sabe que pude
reunirse con él, pero no sabe que hacer con sus padres e hijos. Un oficial
alemán le dice que pude llevarlos a todos si quiere y que está por salir un
tren rumbo a la misma dirección. Olga, Miclos, sus hijos y abuelos llegaron a
la estación de ferrocarriles y en vagones aptos para ocho caballos, se
amontonaban a 96 personas por vagón. Partieron con rumbo desconocido y viajaron
durante tres días. Si querían comer o algo de beber tenían que ceder sus
prendas a los oficiales alemanes. Tres personas murieron adentro del vagón pero
a ningún oficial le importó las súplicas de los pasajeros. Las puertas se
abrieron hasta que se llegó al destino.
Capítulo
II La llegada.
El tren se detuvo pero hasta la siguiente noche fueron sacados. Los
médicos fueron separados así como los hombres de un lado y las mujeres del
otro. Unas ambulancias llegaban supuestamente para llevarse a los enfermos. Las
familias son separadas. Cada tren descargaba de cuatro a cinco mil pasajeros,
todos eran custodiados por guardias de la SS y los dividían. Niños y viejos a
la izquierda. Olga sospecha que los mayores serán mandados a trabajos forzados
y miente al decir que su hijo mayor tiene menos de doce años. De modo que toda
su familia, salvo ella y su esposo pasaron a engrosar las filas
izquierdas. Una brisa fresca recordaba el olor de la carne quemada. Todo
estaba rodeado por alambres electrificados de púas. El matrimonio Lengyel es
separado. Las mujeres fueron obligadas a desnudarse y metidas a un hangar. Olga
pudo pasar de contrabando unas píldoras con veneno por si necesitaba de ese
último recurso pero recuerda “mi vergüenza estaba superada por mi miedo”.
Las examinaron delante de soldados borrachos y posteriormente las raparon.
Cualquier intento de desobediencia era contestado con golpes a los genitales o
la cabeza. Olga se encontraba en el campo de concentración de Birkenau, a ocho
kilómetros de otro conocido como Auschwitz. Un edificio de rojo ladrillo que guardaba
el extraño olor dulzón llamó la atención de Olga; se le dijo que era una panadería.
Capítulo
III La barraca 26.
Nuestra vida pasada quedaba del otro lado de aquella
portalada. En adelante ya no íbamos a ser mas esclavas, enteramente hambrientas
y heladas a merced de los guardianes y sin menor destello de esperanza. Había
lágrimas en todos los ojos cuando seguimos a nuestra guía hasta nuestro nuevo
hogar la "Barraca 26". La barraca 26 era un gran hangar de maderas
toscas que habían sido unidas para formar un a especie de establo. En la puerta
había una placa de metal que expresaba el numero caballos destinados a ocupar
aquel portalón.
En el interior estaba dividido en dos partes por una gran
estufa de ladrillo. De mas de un metro de alto. A cada lado de la estufa había
tres filas de camastros . Para hablar con exactitud, eran jaulas de madera que llamábamos "Koias"
No todas la ocupantes podían dormir al mismo tiempo que
la falta de espacio era extrema. Algunas tenían que pasarse la noche entera en
cuclillas y en las posturas mas extrañas. Una vez dentro de la koia, era
tremendamente complicado hacer cualquier movimiento por pequeño que fuese porque requería la participación ,
o por lo menos el acuerdo de cuantas dormían allí.
Solo que no se nos permitía ir a los retretes dos veces
al día. ¿Cómo íbamos a poder aguantar? Por apremiante que fuese nuestra necesidad, si
salíamos por la noche corríamos el peligro de ser atrapadas por la S.S. quienes
tenían órdenes de disparar primero y preguntar después.
Capítulo
IV
Las
primeras impresiones.
Dos días después, les dieron su primera comida, una bebida nauseabunda
que burlonamente denominaban café y a mediodía, una sopa de olor repugnante, y
por la tarde, un trozo de pan negro. Las custodias las golpeaban a la menor
provocación. Irka, una polaca que llevaba cuatro años viviendo en
Birkenau le habla a Olga de los hornos. Olga descubrió que había mandado a toda
su familia a la cámara de gas. Incluido a su hijo quien no había sido
seleccionado. Olga se desmoraliza e intenta localizar a su esposo pues, en su
calidad de doctor, pudiera vivir en algún lado. Cuando lo encontró, ambos se
asombraron del rápido cambio que tenían. Sus esqueléticas figuras rapadas se
encontraron frente a frente. Miclos le pide veneno y luego se arrepiente. Son
descubiertos por soldados alemanes y separados con extrema brutalidad. Al día
siguiente, los hombres fueron removidos del campo.
Capítulo
V
La
llamada a lista y las selecciones.
Todos los días había dos llamados a lista; una al amanecer y otra a las
tres de la tarde aunque era común dejarlas esperar horas bajo el sol, inclusive
de rodillas. Había mil cuatrocientas mujeres en esa zona, treinta y cinco mil
en todo el campo y un total de doscientos mil en toda el área comprendida
Birkenau-Auschwitz. Todas tenían, estén dónde estén y sin importar el estado de
salud, que estar presentes a la hora del llamado. Si llegase a faltar alguna, sin
importar que estuviera muerta, había graves consecuencias para todas. Las
selecciones eran hechas por el doctor Mengerle, el doctor Klein, Irma Griese y
otros altos oficiales Nazis. La selección era para la cámara de gas y algunas
veces para industrias. Se retiraban de veinte a cuarenta personas por barraca.
En promedio se enviaban a la muerte de quinientas a seiscientas personas por
selección.
Capítulo
VI
El
campamento.
El campamento contaba con una avenida principal de quinientos metros de
largo, era flanqueada por diecisiete barracas por cada lado. Las barracas eran
retretes o lavabos, alguna se destinaba a guardar los alimentos, otra
administraba y alojaban a las reclusas. Había una jefa por cada sección: Blocovas
mismas que gozaban de privilegios como alimentos, ropa, y de escoger
esclavas entre las reclusas. Las mujeres peleaban entre sí, pues el hurto era
la única manera de supervivencia. Se robaba la ropa por muy deshilachada que
estuviera. Se robaba la mísera comida o cualquier cosa que pudiera servir para
el mercado negro.
Capítulo VII
Una
proposición en Auschwitz
Olga conoció a un joven polaco que sonreía a pesar del descarnado
espectáculo que a diario tenía que presenciar. Llevaba cuatro años en campos de
concentración y según recuerda la autora, “era la única voz que tenía
sonidos humanos”. Inician una amistad. Tadek invita un día a Olga a salir
de la barraca y la lleva a un apartado donde otros reclusos –había muy pocos
hombres- cocinaban una papa. Para Olga aquello era inconcebible pues ningún
alimento que se precie de serlo, era destinado a los reclusos. Tadek mostró
pronto sus intenciones al querer seducir a Olga quien pronto se desilusionó del
único amigo que tenía. Tadek no se disculpa, habla con Olga y le dice que la
vida en un campo de concentración es horrible y todos tenían que procurarse
pequeños placeres. Por medio de sus contactos, Tadek intercambiaba comida por
sexo. Olga llevaba días sin probar bocado y va a un apartado donde había
escuchado que los hombres se reunían y que existía la posibilidad de que alguno
compartiera un mendrugo de pan. Sin embargo, encontró a hombres y mujeres
apretados en la pequeña estancia donde el mercado negro de favores sexuales por
algún pedazo de mantequilla eran las reglas del juego. Una anciano que remojaba
su pan se encontró con un pedazo de patata que, por carecer de dientes no podía
tragar, se lo ofreció a Olga y cuando aquella se proponía comer su precioso
bocado, le fue arrebatado por otra mujer. De nada sirvió el reclamo. La ley del
más fuerte se imponía.
Capítulo
VIII
Soy
condenada a muerte.
Luego de unas semanas, Olga Lengyel era un esqueleto viviente, víctima
de calenturas y ataques de tos. Cierto día, fue seleccionada junto con otras a
la cámara de gas. Olga se asombró pues muchas mujeres ignoraban o no querían
saber de la existencia de las cámaras y hornos. Se encontró en el dilema de
hacerlas reaccionar o dejarlas en sus fantasías. Magda una de sus amigas, era
una de ellas. Olga le dice que tienen que huir. Magda se resiste a creer. En un
descuido de los guardias, Olga escapó y llegó a otra barraca, se cambia de
indumentaria y regresó a su barraca. La blocova de su zona reconocio a Olga y
le pidió sus botas a cambio de no decir nada. Olga aceptó.
Capítulo
IX
La
enfermería.
Un día se anuncia la intención de poner una enfermería en la barraca
quince. Una semana después se instaló un hospital. Olga es nombrada
parte del personal y se muda a la enfermería donde mejora relativamente su
estancia. Diariamente se levantaba a las cuatro de la madrugada y daba consulta
hasta entrada la noche. Al día llegaba a recibir más de mil quinientas
enfermas. Y aunque en el hospital de la barraca había en promedio de
cuatrocientas a quinientas pacientes, escaseaba la medicina y el agua por lo
que todo, inclusive las operaciones, se realizaban en degradantes condiciones.
Era tal la suciedad, que la autora confiesa haber seriamente dudado de sus
teorías sobre la esterilización de los instrumentos. El total de internadas en
todo Birkenau ascendía a treinta mil, y sólo cinco mujeres las atendían.
Las cinco mujeres que atendían la enfermería carecían de uniforme y
atendían con los andrajos de siempre. La situación mejoró en cuestión del
dormitorio pues les asignaron el viejo urinario de la barraca doce. En seis camastros
donde se acomodaban y dormían apretadas.
Capítulo
X
Un
nuevo motivo para vivir.
Aunque el campo era
básicamente de mujeres, había algunos internos hombres. Un francés, denominado
por la autora como L, llegó a convertirse en un visitante asiduo a la
enfermería. Además de su presencia simpática y graciosa, L traía noticias sobre
el frente de guerra. Las noticias levantaban el espíritu a las reclusas pues no
tenían acceso a ninguna información. Olga cae en una profunda depresión, L la
llama y la alienta a seguir adelante. Le habla de su trabajo y del sufrimiento
que llega a quitar. Olga le pregunta qué tiene que hacer. L le dice que debe de
divulgar la situación externa, mantener la fe y la esperanza en las reclusas y
por el cargo que desempeña, queda perfecta como oficina de correos. Se le
entregarían cartas y paquetes, jamás sabría el nombre de ninguna persona que lo
manda o recibe, ni tampoco sabrán el suyo por razones estrictas de seguridad,
si la descubren será mandada inmediatamente a la cámara de gas y de ahí al
crematorio. Olga sabía que el mundo se tenía que enterar de los horrores Nazis.
Olga aceptó y formó parte de la Resistencia. De ésta manera, Olga supo a
detalle, todo lo que ocurría en Birkenau y Auschwitz.
Diariamente, llegaban
a Birkenau dos o tres trenes, cada uno con treinta o cincuenta vagones repletos
de judíos, enemigos políticos, criminales, prisioneros de guerra y civiles.
Todos llegaban con falsas promesas y siempre era el mismo rito: izquierda
cámara de gas y derecha, detención temporal en Auschwitz. El procedimiento era
sencillo: los deportados llegaban con falsas promesas, había pocos soldados, si
la familia quería estar reunida se les permitía, de fondo se escuchaba algún
conjunto de jazz, se les informa que serán bañados para desinfectarse, se
amontona la mayor cantidad de personas posibles en unos cuartos enormes que
simulan baños públicos. Se cierra la puerta y cuando la temperatura humana
había subido, un soldado alemán dejaba caer una pastilla de gas a base de
cianuro. La asfixia es inmediata. Cuando se abrían las puertas, se encontraban
los cuerpos amontonados unos sobre otros, los moribundos eran levantados con
brusquedad y arrojados entre los cadáveres para ser llevados a los hornos
crematorios, no sin antes, extraerles dientes de oro, pertenencias y cortarles
el pelo. Por supuesto que ningún alemán realizaba estás tareas, todo lo
realizaban los mismos presos que solamente estaban esperando su acceso, tarde
que temprano, a la muerte.
Capítulo
XI
Canadá.
Canadá era el nombre con que se conocía al edificio que resguardaba los
objetos de valor que habían sido confiscados por los custodios. Trabajaban 1200
hombres y 2000 mujeres. Adentro, se encontraba desde juguetes hasta botellas de
vino, trabajar o tener algún contacto en el Canadá constituía un verdadero
privilegio, pues un mercado negro se desarrollaba en su interior. Un kilo de
mantequilla por 500 marcos, un kilo de carne por 1,000 marcos, un cigarro, 7
marcos.
Capítulo
XII
El
depósito de cadáveres.
Olga trabajaba de enfermera, pero eso no le perdonaba trabajar, como
todas, en el transporte de cadáveres. Básicamente, el trabajo consistía en
trasladar los cuerpos de la enfermería al depósito de cadáveres. A menudo,
cuenta la autora, sus pacientes eran su propia carga en cuestión de días.
No pasó mucho tiempo sin que Olga notara graves trastornos en su
menstruación; y no tardaría en descubrir, que se realizaban experimentos en las
mujeres pues, sustancias desconocidas eran agregadas al alimento.
Capítulo
XIII
El
“Ángel de la Muerte” contra el “Gran Seleccionador”.
El doctor Fritz Klein, quién había seleccionado a Olga Lengyel como
enfermera, era un alto oficial que se encargaba, junto con Irma Griese y otros
oficiales de las selecciones a las cámaras de la muerte. Eran los días lunes,
miércoles y sábados. Irma Griese tenía 22 años y es, según la autora, una mujer
de extrema belleza que gustaba de caminar frente a las reclusas moviendo sus
caderas y presumiendo sus perfumes. Su crueldad era palpable pues azotaba con
su látigo indiscriminadamente. Por su parte, el doctor Klein llegaba a tener
pruebas, sino de bondad, por lo menos de humanidad pues había “deseleccionado”
a varias reclusas que sólo esperaban el momento para partir a la cámara de gas.
En alguna ocasión, la autora cuenta como, luego de sus suplicas, el doctor
Klein había salvado la vida de treinta mujeres. Olga Lengyel fue castigada por
Irma Griese sin embargo, apareció el doctor Klein y la mandó llamar. Olga
rompió filas y se acercó al doctor quien le extendió un paquete de medicinas.
Irma Griese, quien era la jefa de campo protestó y enfrentó al doctor. Klein no
se dejó intimidar pues era el jefe de sanidad del campo. Ambos discutieron por
Olga. Cuando la autora llegó a su barraca, fue llamada por el “ángel de la
muerte” quien la golpeó repetidas veces.
Capítulo
XIV
Organización.
Organizar era sinónimo de robar; robar a los alemanes para la
supervivencia de la gente. L consiguió cinco cucharas y una se la regaló a Olga
quién, como todas, comía con las manos. Desgraciadamente, su cuchara no tardó
en ser organizada por una antigua millonaria, según descubriría después.
Capítulo
XV
Nacimientos
malditos.
Los partos, representaban el problema más agudo de la enfermería.
Independientemente de la extrema insalubridad, tenían la seguridad de que si la
madre y el bebé nacían vivos, serían mandados de inmediato a la cámara de gas.
Sólo los bebes que nacían muertos garantizaban unos meses más a la madre. Olga
Lengyel y las otras enfermeras decidieron sacrificar recién nacidos para salvar
a las madres. Los Nazis evitaban a toda costa la descendencia. Mujer que
notaban embarazada era muerta de inmediato, aún así, algunas lograban mantener
su embarazo hasta el parto, pero su bebé, de antemano, estaba condenado a morir
en Birkenau.
Capítulo
XVI
Algunos
detalles de la vida detrás de las alambradas.
A finales de noviembre de 1944, la vigilancia había disminuido a tal
grado, que una relativa facilidad para que hombres y mujeres conversaran a
través de los vallados sucediera. Muchos romances se dieron a distancia. Muchos
dejaron su vida en la valla electrificada al no volver a ver a su pareja.
Olga fue tatuada con el número 25, 413. Un sin fin de signos se
escondían bajo los tatuajes. Se marcaba la nacionalidad, el crimen, la
religión, su carácter de condenado a muerte etc.
La práctica de cualquier religión estaba prohibida en los campos, los
religiosos eran los más humillados por los soldados. Los clérigos eran forzados
a los trabajos más arduos y las monjas, tenían que presenciar sacrilegios antes
de ser violadas por la tropa completa. La autora recuerda a una religiosa que
se mantuvo y contestó “No hay nación que pueda existir sin Dios”.
Capítulo
XVII
Los
métodos y su insensatez.
Las torturas infringidas pasaban de la crueldad absoluta a lo
descabellado. Las prisioneras podían ser obligadas a cargar piedras de un lado
a otro o limpiar los pozos usados como letrinas. El olor que quedaba impregnado
era inamovible.
Los cambios de residencia eran comunes, los piojos también. Todas
soñaban con escapar pero era imposible. Las custodias recibían premios
por reas cazadas, la alambrada de púas estaba electrificada, había perros
entrenados, y la sirena sonaba permanentemente. Tadek, el polaco que alguna vez
intentó seducir a Olga, intento en vano fugarse. Su castigo fue, por supuesto,
su vida.
Capítulo
XVIII
Nuestras
vidas privadas.
6 meses vivió Olga con 5 personas, posteriormente el personal aumentó a
12 pues las epidemias se multiplicaban. Sus amistades son especialmente
recordadas. La sarna enfermó a Olga quién continuaba recibiendo y entregando
paquetes para la resistencia.
Capítulo
XIX
Las
bestias de Auschwitz.
Joseph Kramer la “Bestia de Auschwitz” era el comandante en jefe del
campo. Famoso por matar una tarde a millares de checoslovacos. La autora lo vio
algunas veces, cuenta que en una ocasión, las mandaron formar filas y les
permitieron sentarse en el suelo. Kramer apareció sonriente y agradable. Una
orquesta empezó a tocar valses y unos aviones pasaron a ras. Olga se dio cuenta
que las estaban filmando para realizar un falso documental. Por su parte, el
doctor Mengerle, acostumbraba desnudar a las presas y bajo sus caprichos las
golpeaba sin piedad. También el “Ángel Rubio” Irma Griese es recordada por su
crueldad. Sólo el doctor Joseph Klein tenía actos más humanos hacía las
presas llegando incluso a salvar una cuantas.
Fue en el proceso de Luneburg donde se enjuiciaron a los jefes de los
campos de concentración.
Capítulo
XX
La
resistencia.
Todo acto en el campo de concentración de Birkenau o Auschwitz era de
resistencia. Cuando las empleadas del Canadá desviaban los productos con
destino a Alemania, cuando las trabajadoras de cualquier índole retrasaban su
trabajo, cuando hacían sus pequeñas fiestas e incluso cuando lograban reunir a
familiares, eran considerados actos de resistencia con un solo fin. Sobrevivir
para contarle al mundo lo que les sucedió. La información era divulgada gracias
a L que incluso llegó a construir una radio. Las noticias de las ofensivas de
los aliados elevaban la moral de las custodias.
El 7 de octubre de 1944, un crematorio explotó. Un esclavo de las
cámaras logró introducir algunas bombas caseras. Sabía que a lo mucho tenía
tres meses de vida, pues su trabajo consistía en retirar los cuerpos de la
cámara de gas y sólo permanecían algunos meses desempeñando esa labor. Decidió
dedicar sus últimos días a destruir la cámara infernal. Algunos reos
aprovecharon la confusión y lograron fugarse. El grupo insurgente fue atrapado
y les dispararon en la nuca.
Capítulo
XXI
París
ha sido liberado.
Un internado francés que llegó un día a la enfermería, llamó la atención
de Olga pues en su cara se notaba una felicidad contenida. El francés se acercó
y le cuchicheó al oído que París había sido liberado. El rumor corrió con
rapidez en los baños y lavabos. La esperanza comenzó a emerger entre todas las
prisioneras.
Capítulo
XXII
Experimentos
científicos.
Los experimentos realizados por los altos jerarcas Nazis, rayaban, como
su ideología, en lo absurdo. Miles de conejillos de indias fueron torturados
para averiguar cosas del tipo: cuánto aguanta un cuerpo humano a bajas, o altas
temperaturas antes de morir, otros se sumergían a agua salada, la castración
era practicada de las maneras más inverosímiles, y se experimentaba con sustancias
para reducir el apetito sexual en las mujeres. En cierta ocasión, llegó una
medicina para los tuberculosos, se aplicó y la mayoría falleció. Los pulmones
fueron mandados a la compañía para su análisis. Se hacían pruebas con hormonas
y se ofrecían remedios contra el insomnio, la mayoría de las veces, las
pacientes morían por la cura. Un millar de muchachos entre 13 y 16 años fueron
esterilizados para satisfacer la curiosidad médica Nazi. Se exponían a las
mujeres a los rayos X y después se extirpaban sus ovarios para analizar las
lesiones.
Capítulo
XXIII
Amor
a la sombra del crematorio.
Era obvio que los alemanes pretendían acabar con todas las razas
indeseables mediante el exterminio directo y reduciendo al mínimo su
descendencia. Sin embargo el amor, retorcido en algunos casos, se daba hasta en
estos lugares. Las blocovas tenían sus amantes así como los oficiales Nazís.
Existía un burdel para los soldados, mismos que si veían a una mujer a su
llegada en tren, podían apartarla y llevarla a su propio burdel. Era raro que
una custodia tuviera amante y las que lo tenían gozaban de privilegios.
El avance de los rusos era eminente y para la última época se respiraba
un poco más de libertad. Las fiestas terminaban en orgías y todo mundo se
prestaba a la degradación.
También había perros entrenados para violar a las reclusas para
beneplácito de los soldados.
Capítulo
XXIV
En
el carro de la muerte.
Olga no perdió la esperanza de volver a ver a su marido y luego de
algunas pesquisas, dio con su paradero. Logró enviarle una nota dónde le
avisaba que iba en su encuentro. La manera fue viajar en el “carro de la
muerte”. Carro que transportaba a los locos que para la lógica alemana,
resultaban interesantes. Entre gritos, personas masturbándose y parejas que
simulaban la cópula, Olga viajo al encuentro de Miclos. Ambos se vieron más
espectrales que nunca. Se dieron ánimos y se despidieron discretamente, pues
Olga viajaba de incógnito. Fue la última vez que la autora vio al doctor Miclos
Lengyel. Tiempo después la zona fue desalojada. En el camino, Miclos se detiene
a ayudar a una persona desfalleciendo, fueron acribillados por un soldado Nazi.
Capítulo
XXV
En
el umbral de lo desconocido.
El 17 de enero de 1945 hubo un desalojo en Birkenau. Los documentos
oficiales fueron destruidos y se ordenó el inmediato desalojo de la población.
La evacuación se inició a medía noche con dirección a Alemania. Sin duda las
tropas soviéticas se encontraban cerca de ahí. Olga Lengyel salió de Birkenau
con vida.
En el camino se encuentran muertos por doquier, nadie se atreve a romper
filas pues los soldados y sus perros mantienen la vigilancia. Un estruendo
lejano confirmaba la noticia. Los rusos estaban “a un disparo de ahí”.
Capítulo
XXVI
La
libertad.
Las detonaciones se multiplicaban. Se apresura el paso. Los cadáveres
aumentaban. Nadie puede caer en manos de los rusos. Son las órdenes de los
soldados. Olga intuye que tiene que escapar. Pasó la noche y logró escapar.
Llegó a una iglesia y es alojada por un hombre y su familia. Las patrullas
alemanas continuaban su patrullaje. Olga se encontraba en Polonia y fue de nuevo
descubierta por los alemanes. Nuevamente logra escapar pues el caos reinaba en
el ambiente. La capitulación estaba cerca. Las velas de Stalin alumbraban el
cielo alemán. Esa noche, las tropas rusas tomaron Berlín.
Capítulo
XXVII
Todavía
tengo fe.
Olga Lengyel cierra con la reflexión sobre la crueldad que se encierra
en el hombre. Ante tantos horrores que presenció, llegó a dudar de la parte
benévola. Algunas personas que conoció durante su estadía, la enseñaron a
mantener la moral, la fe y la esperanza en alto. A todos ellos y a las víctimas
de los campos de concentración dedica sus memorias.
oscar rene romero cruz 204