Capítulo IX
La enfermería.
Un día se anuncia la intención de poner
una enfermería en la barraca quince. Una semana después se instaló un hospital.
Olga es nombrada parte del personal y se muda a la enfermería donde mejora
relativamente su estancia. Diariamente se levantaba a las cuatro de la
madrugada y daba consulta hasta entrada la noche. Al día llegaba a recibir más
de mil quinientas enfermas. Y aunque en el hospital de la barraca había
en promedio de cuatrocientas a quinientas pacientes, escaseaba la medicina y el
agua por lo que todo, inclusive las operaciones, se realizaban en degradantes
condiciones. Era tal la suciedad, que la autora confiesa haber seriamente
dudado de sus teorías sobre la esterilización de los instrumentos. El total de
internadas en todo Birkenau ascendía a treinta mil, y sólo cinco mujeres las
atendían.
Las cinco mujeres que atendían la
enfermería carecían de uniforme y atendían con los andrajos de siempre. La
situación mejoró en cuestión del dormitorio pues les asignaron el viejo
urinario de la barraca doce. En seis camastros donde se acomodaban y dormían
apretadas.
Capítulo X
Un nuevo motivo para vivir.
Aunque el campo era básicamente de
mujeres, había algunos internos hombres. Un francés, denominado por la autora
como L, llegó a convertirse en un visitante asiduo a la enfermería. Además de
su presencia simpática y graciosa, L traía noticias sobre el frente de guerra.
Las noticias levantaban el espíritu a las reclusas pues no tenían acceso a
ninguna información. Olga cae en una profunda depresión, L la llama y la
alienta a seguir adelante. Le habla de su trabajo y del sufrimiento que llega a
quitar. Olga le pregunta qué tiene que hacer. L le dice que debe de divulgar la
situación externa, mantener la fe y la esperanza en las reclusas y por el cargo
que desempeña, queda perfecta como oficina de correos. Se le entregarían cartas
y paquetes, jamás sabría el nombre de ninguna persona que lo manda o recibe, ni
tampoco sabrán el suyo por razones estrictas de seguridad, si la descubren será
mandada inmediatamente a la cámara de gas y de ahí al crematorio. Olga sabía
que el mundo se tenía que enterar de los horrores Nazis. Olga aceptó y formó
parte de la Resistencia. De ésta manera, Olga supo a detalle, todo lo que
ocurría en Birkenau y Auschwitz.
Anteriormente los seleccionados eran
fusilados, en 1941 se instalaron cuatro crematorios. judíos y cristianos eran
enviados por igual al crematorio. Fue a partir de 1943 cuando se reservó “la
solución final” exclusivamente al europeo que practicara la religión judía y a
los gitanos. Dos crematorios eran enormes y consumían una cantidad
extraordinaria de cadáveres en poco tiempo. Cada unidad consistía en un horno,
un vestíbulo, y una cámara de gas. Todas constaban con una chimenea, que era
alimentada con nueve hogueras. Los cuatro hornos de Birkenau eran calentados
por treinta fogatas en total se podían reducir 360 cadáveres a cenizas cada medía
hora, y 17, 280 cadáveres cada 24 horas. Además, la autora nombra la
existencia de las “fosas de la muerte” donde perecía un promedio de ocho mil
personas. Al día 24 mil cadáveres eran reducidos al polvo.
Diariamente, llegaban a Birkenau dos o
tres trenes, cada uno con treinta o cincuenta vagones repletos de judíos,
enemigos políticos, criminales, prisioneros de guerra y civiles. Todos llegaban
con falsas promesas y siempre era el mismo rito: izquierda cámara de gas y
derecha, detención temporal en Auschwitz. El procedimiento era sencillo: los
deportados llegaban con falsas promesas, había pocos soldados, si la familia
quería estar reunida se les permitía, de fondo se escuchaba algún conjunto de
jazz, se les informa que serán bañados para desinfectarse, se amontona la mayor
cantidad de personas posibles en unos cuartos enormes que simulan baños
públicos. Se cierra la puerta y cuando la temperatura humana había subido, un
soldado alemán dejaba caer una pastilla de gas a base de cianuro. La asfixia es
inmediata. Cuando se abrían las puertas, se encontraban los cuerpos amontonados
unos sobre otros, los moribundos eran levantados con brusquedad y arrojados
entre los cadáveres para ser llevados a los hornos crematorios, no sin antes,
extraerles dientes de oro, pertenencias y cortarles el pelo. Por supuesto que
ningún alemán realizaba estás tareas, todo lo realizaban los mismos presos que
solamente estaban esperando su acceso, tarde que temprano, a la muerte.
Capítulo XI
Canadá.
Canadá era el nombre con que se conocía
al edificio que resguardaba los objetos de valor que habían sido confiscados
por los custodios. Trabajaban 1200 hombres y 2000 mujeres. Adentro, se
encontraba desde juguetes hasta botellas de vino, trabajar o tener algún
contacto en el Canadá constituía un verdadero privilegio, pues un mercado negro
se desarrollaba en su interior. Un kilo de mantequilla por 500 marcos, un kilo
de carne por 1,000 marcos, un cigarro, 7 marcos.
Oscar René Romero Cruz 204
TUS REPORTES SON DEL DIA 29 DE ABRIL NO DEL 01 DE MAYO
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